domingo, 14 de noviembre de 2010

Iglesia Diocesana de Cartagena


Imagen: José Manuel Lorca Planes, Obispo de Cartagena.

Este domingo 14 de noviembre se celebra el Día de la Iglesia Diocesana de Cartagena.

Es tradición que el apóstol Santiago puso pie en España por el puerto de Cartagena. Aquí comenzó su predicación y aquí fundó la primera comunidad cristiana. Cuando parte hacia Guadix, deja al frente a su discípulo San Basilio, por tradición, y según afirma el Reverendo Pablo de San Nicolás en su obra “Antigüedades de España”, segundo obispo de Cartagena, quien en al año 57 alcanzará el martirio en Peñíscola . A San Basilio sucedió San Epeneto, discípulo de San Pedro, cuyo martirio en el año 64 sería relatado en los cronicones de Flavio Dextro (siglo IV-V).

La Iglesia diocesana, cuya demarcación territorial corresponde a la Región de Murcia, donde existen 292 parroquias, hace en este día memoria de sus actividades durante el año 2009 y rinde balance económico a la comunidad.

Así en el orden social a través de Cáritas se ha prestado asistencia a cerca de 100.000 personas en toda la región. Igualmente 45.000 personas has sido atendidas en los programas de asistencia a inmigrantes y refugiados, familias y jóvenes embarazadas, drogodependientes, o personas sin techo. Sólo en el comedor de Jesús Abandonado de Murcia, se sirven 900 comidas diarias. Igualmente se ha asistido a 3.650 personas en hospitales, ambulatorios, casas de ancianos, inválidos, minusválidos, orfanatos y guarderías.

Pero no todo queda en nuestras fronteras. Tenemos 116 misioneros, hombres y mujeres, por todo el mundo tratando de ayudar y llevar esperanza a los más pobres y necesitados del planeta.

En resumen una inmensa labor social, muchas veces ignorada, para dar cumplimento al mandato de Cristo: “Mandatum novum do vobis, ut diligatis invicem; sicut dilexi vos, ut et vos diligatis invicem” (Jn. 13,34)

domingo, 3 de octubre de 2010

Auméntanos la fe

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: "Auméntanos la fe".(Lc. 17,5)

Texto: José Antonio Pagola

Señor, auméntanos la fe. Enséñanos que la fe no consiste en creer algo sino en creer en ti, Hijo encarnado de Dios, para abrirnos a tu Espíritu, dejarnos alcanzar por tu Palabra, aprender a vivir con tu estilo de vida y seguir de cerca tus pasos. Sólo tú eres quien "inicia y consuma nuestra fe".

Auméntanos la fe. Danos una fe centrada en lo esencial, purificada de adherencias y añadidos postizos, que nos alejan del núcleo de tu Evangelio. Enséñanos a vivir en estos tiempos una fe, no fundada en apoyos externos, sino en tu presencia viva en nuestros corazones y en nuestras comunidades creyentes.

Auméntanos la fe. Haznos vivir una relación más vital contigo, sabiendo que tú, nuestro Maestro y Señor, eres lo primero, lo mejor, lo más valioso y atractivo que tenemos en la Iglesia. Danos una fe contagiosa que nos oriente hacia una fase nueva de cristianismo, más fiel a tu Espíritu y tu trayectoria.

Auméntanos la fe. Haznos vivir identificados con tu proyecto del reino de Dios, colaborando con realismo y convicción en hacer la vida más humana, como quiere el Padre. Ayúdanos a vivir humildemente nuestra fe con pasión por Dios y compasión por el ser humano.

Auméntanos la fe. Enséñanos a vivir convirtiéndonos a una vida más evangélica, sin resignarnos a un cristianismo rebajado donde la sal se va volviendo sosa y donde la Iglesia va perdiendo extrañamente su cualidad de fermento. Despierta entre nosotros la fe de los testigos y los profetas.

Auméntanos la fe. No nos dejes caer en un cristianismo sin cruz. Enséñanos a descubrir que la fe no consiste en creer en el Dios que nos conviene sino en aquel que fortalece nuestra responsabilidad y desarrolla nuestra capacidad de amar. Enséñanos a seguirte tomando nuestra cruz cada día.

Auméntanos la fe. Que te experimentemos resucitado en medio de nosotros renovando nuestras vidas y alentando nuestras comunidades.

domingo, 5 de septiembre de 2010

En torno a las vacaciones

El concepto de vacaciones, es ajeno a la inmensa mayoría de habitantes del planeta, acuciados por necesidades de primer orden. Pero en el mundo desarrollado, hemos hecho de las vacaciones algo absolutamente necesario e irrenunciable. Nuestras vacaciones nos permiten “desconectar”, de un tipo de vida y de trabajo que termina por resultarnos agobiante, al punto de que no son pocos los que sufren posteriormente de “síndrome post-vacacional”, al tener que reintegrarse a las tareas ordinarias.

Estamos terminando el verano, que es una estación clásica de vacaciones. Lo mejor de ellas es que nos ofrece la ocasión para romper con la rutina, para refugiarnos en un mundo más natural, más humano, más cercano, donde es posible charlar con los vecinos, practicar deportes al aire libre, viajar, disfrutar de una lectura sosegada, o de la simple observación del cielo estrellado. Es decir entramos en contacto con gentes y realidades distintas a las del resto de año, lo cual constituye, sin duda un enriquecimiento personal y espiritual.

Esto es así porque nos acercamos más a la realidad del hombre de hoy, del mundo de hoy que se encuentra inmerso en un cambio socio cultural sin precedentes. Y es precisamente en la medida en nos acercamos al hombre, que también nos acercamos a la auténtica realidad de Dios, descubriendo las falacias que puedan existir en nuestras propias formulaciones sociales y religiosas, al tiempo de descubrir, igualmente las falacias que las propuestas del mundo de hoy pueden encerrar.

Creo que fue León Tolstoi, quien dijo algo así : “Si dejas de creer en el dios de madera, no es porque no haya dios, sino porque el verdadero Dios, no es de madera”. Se trata por tanto de que nos olvidemos de nuestros dioses de madera y nos encontremos con el verdadero Dios. Un Dios, que mucho más allá de liturgias o de cánones doctrinales, encontraremos entre los pensamientos y sentimientos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Solo entonces podremos ser testigos de un Dios absolutamente válido para el hombre del siglo XXI.

Pero para ello hemos de revestirnos del traje de la humildad, pues no nos viene mal recordar las palabras del Libro de la Sabiduría: “¿Qué hombre podrá conocer la voluntad de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? (....) Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu santo espíritu?. Sólo así se enderezaron los caminos de los moradores de la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y gracias a la Sabiduría se salvaron.” (Sab. 9, 13-18)

domingo, 4 de julio de 2010

La Paz



Venimos reflexionando en este blog, sobre la doctrina de Cristo, que es, en definitiva, la doctrina del amor y aquellos caracteres que derivan de este concepto supremo del amor. Hoy hablamos de la paz.

Las paz es una bandera que se levanta hoy en toda sociedad, una palabra que llena las bocas de mucha gente, pero que está muy lejos de ser alcanzada y por la que, en realidad, muy pocos trabajan.

Como siempre nos planteamos la responsabilidad individual de cada persona en la sociedad actual en ese trabajo por la paz. Como siempre no nos vale aquello de “¿qué puedo hacer yo?....¡nada!”. Porque para trabajar por la paz hemos de empezar haciéndolo por los círculos más cercanos.

En primer lugar la paz con uno mismo. Para ello es necesario tener clara conciencia de nuestros deberes y responsabilidades y una capacidad de respuesta a los mismos. La paz interior hay que trabajarla cada día haciendo frente a los hechos cotidianos con determinación y con amor.

Solo entonces habremos de buscar la paz en los sucesivos círculos. La paz con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo, con los vecinos, y sucesivamente, la paz con los extraños, con los nacionales, con los extranjeros. La paz como objetivo universal.

Las tres lecturas litúrgicas de este domingo XIV del Tiempo Ordinario (ciclo c), tienen una palabra en común: paz. El profeta Elías en su capítulo 16 pone en boca del Señor: “Yo haré derivar hacia ella (Jerusalem), como un río, la paz”. San Pablo en el capítulo 6 de su carta a los gálatas, invoca: “la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma” (glorificación el cruz de Cristo). El capítulo 10 del Evangelio de San Lucas nos acerca las palabras de Cristo: “Cuando entréis en una casa decir primero: Paz en esta casa”.

Al terminar la Eucaristía, el oficiante se despide “Podéis ir en paz”. En paz para difundir la paz, para entregarla como regalo con cuantas personas nos crucemos, para trabajar por ella. En el Sermón de la Montaña, la afirmación de Cristo fue rotunda: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

domingo, 13 de junio de 2010

Conciencia de culpa

“¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?” (Lc 6, 37-42)

Hablaba en los anteriores comentarios del hombre como ser libre y de la responsabilidad que dicha libertad conlleva. Hoy quiero referirme al hecho de que todos en mayor o menor medida, en algún momento hacemos mal uso de esa libertad y no sabemos asumir la responsabilidad de nuestros propios errores.

Y este es un hecho bastante común en nuestro mundo de hoy. Difícilmente tomamos conciencia de nuestras propias culpas. De cualquier cosa que pueda suceder siempre encontramos, circunstancias o comportamientos ajenos que limitan nuestra responsabilidad.

Craso error. Si realmente buscamos nuestra propia integridad moral, hemos de saber reflexionar y tomar conciencia de nuestros propios errores, en definitiva de nuestros pecados, asumiendo toda la culpa que encierran. Errores y pecados que cometemos cada día. Por el trabajo mal realizado, por las palabras mal pronunciadas, por lo que podía hacer y no hice, por lo que podía remediar y no remedié, por mi irresponsabilidad, por mi inconstacia, por mi falta de compromiso, por mi desamor.

Tomar conciencia de nuestro fallo, de nuestro pecado es el punto de partida para poder poner remedio. Pedir perdón es la base para obtenerlo. La liturgia de hoy domingo nos acerca a un Dios dispuesto al perdón. Un perdón que viene de la mano de una fe viva, transformada en amor: "Sus muchos pecados le son perdonados porque tiene mucho amor" (Lc. 7,47)

sábado, 5 de junio de 2010

Responsabilidad

Hablaba en mi anterior comentario del hombre como ser libre por propia naturaleza, siendo esta libertad sancionada por Dios, que “deja al hombre en manos de su propia decisión” (Vaticano II-Gaudium et Spes, n. 17)

Pues bien, una consecuencia inmediata de la libertad es la responsabilidad. La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que estos son voluntarios.

La cultura de nuestra época rehuye de definiciones clásicas de valores éticos y morales y por ello podría llegarse a considerar la responsabilidad como una limitación de la propia libertad. Sin embargo desde mi punto de vista es precisamente al contrario. Debemos considerar la responsabilidad no como una forma de “deber”, sino como una opción libre por la que aceptamos el desafío de la vida de una forma activa de manera que nuestra autorrealización está ligada a la asunción de este principio de responsabilidad.

Hablo, por supuesto de responsabilidad individual y colectiva. Individual en nuestra relación con los demás, con la familia, con los amigos, con los compañeros, con los vecinos. En nuestro trabajo, buscando la calidad, la eficiencia y el buen resultado. En los distintos aconteceres de cada día, en nuestro ocio, en nuestro lenguaje, en definitiva en todo. Colectivamente en la defensa de los grandes valores, la paz, la justicia social, los derechos humanos, la biodiversidad, el equilibrio ecológico.....

Si no damos respuesta a nuestra responsabilidad, escucharemos la misma pregunta que escuchó Adán tras el pecado en el paraíso: "¿Qué has hecho?" (Gn 3,13).

domingo, 23 de mayo de 2010

Pluralidad y respeto

Dios hizo al hombre libre. Y esa libertad es una característica universal. Y en virtud de tal condición, venimos obligados a reconocer y mimar la libertad de los demás, antes incluso que la nuestra propia. Libertad sin más limitaciones que las propias de la libertad de los otros. Por tanto libertad de pensamiento, de credo, de expresión, de decisión,.... se constituyen en base de la convivencia de cualquier sociedad y forman parte de la declaración Universal de los Derechos Humanos.

Avanzamos sen el siglo XXI y nuestras sociedades son cada día más plurales, tanto por el hecho de acoger en sus territorios gentes venidas de lejanos países, como por el desarrollo de las propias ideas de libertad, que han roto la homogeneidad de cada grupo social o territorial. Esta pluralidad debemos verla como como algo enriquecedor y positivo. Pluralidad que trae consigo una condición esencial: el respeto. Y es en este punto donde hemos de poner especial cuidado. Porque nos llenamos la boca de la palabra respeto y en ocasiones caemos en la intolerancia con ideas distintas a las nuestras. Y esa intolerancia nos convierte en agresivos. Con demasiada facilidad adjetivamos negativamente a personas e ideas que nos son ajenas. Con demasiada facilidad buscamos la descalificación del opuesto, en base a frágiles argumentos, que en realidad solo vendrían a demostrar nuestra propia inseguridad. El respeto se demuestra con la tolerancia, base de la convivencia; un respeto que viene reconocido en la Biblia desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento. Recordemos aquel versículo: "En mi alianza con él se hablaba de vida y de paz, y se las concedí; se hablaba también de respeto y él me respetó" (Malaquías 2,5).

En este domingo de Pentecostes hagamos una llamada al Espíritu Santo para que sople sus dones sobre nosotros y nos infunda la fuerza moral necesaria para reconvertirnos al "Reino de Dios". Al reino de hombres libres, para el que Cristo nos liberó, y en función de ello nos haga avanzar en el respeto y la tolerancia hacia los demás.