sábado, 8 de septiembre de 2012

Vida religiosa: “Sufrir con los que sufren”

En líneas generales la vida religiosa es la gran desconocida de la sociedad actual. Incluso quienes intentamos llevar una vida espiritual activa dentro del mundo, olvidamos a estas personas, que viven su espiritualidad al margen del mundo, pero sin olvidarse de él.

Recientemente he tenido oportunidad de leer el mensaje que el jesuita Elías Royón, en su calidad de presidente de CONFER, dirige a los religiosos/as españoles en este inicio de curso, en el que admitiendo que tampoco ellos son ajenos a la crisis en su compromiso con los más afectados, les anima a seguir adelante con la esperanza por bandera. Veamos algunos párrafos:

“No vivimos con largueza pero sí lejos de las carencias de muchos. Que no solo ayudemos trabajando, sino compartiendo nuestro poco, nuestros cinco panes y nuestros pocos peces. Aquel joven del Evangelio no sabía que Jesús los multiplicaría, solo supo poner a disposición de los demás lo que tenía”.

“En nosotros no cabe hablar de ‘recortar’ tantos por cientos sino de una voluntad decidida y eficaz de solidaridad evangélica que nos lleva a compartir lo que se tiene, llegando en ocasiones a hacerlo incluso de lo necesario”.

Igualmente, para ser fiel a su dimensión profética, habla Royón de comprometerse con valentía en la lucha por la justicia: “No podemos permanecer insensibles ante una sociedad que egoístamente ha desplazado a los márgenes a aquellos que para Jesús son el centro. ‘Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos guardianes de nuestros hermanos…’ (Benedicto XVI, Cuaresma 2012), y que preguntemos con inquietud y libertad evangélica a los responsables de la toma de decisiones, si se están repartiendo justamente las cargas, si se busca con eficacia y creatividad poner todos los recursos posibles para remediar lo que ya son necesidades primarias como el comer y la salud; si la honradez, la integridad y la verdad presiden siempre las actuaciones de los políticos”.

No se trata simplemente de dar respuestas a necesidades sino de “sufrir con los que sufren, de privarnos de cosas, de sentir la pobreza en nosotros mismos, en nuestras comunidades…”.

martes, 14 de agosto de 2012

El descanso de la libertad

Como continuación al artículo anterior, examinamos hoy el concepto que del descanso se deriva del Libro del Deuteronomio.

Dice así: "Observa el día sábado, y conságraselo al Señor tu Dios, tal como él te lo ha ordenado. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero observa el séptimo día como día de reposo para honrar al Señor tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu burro, ni ninguno de tus animales, ni tampoco los extranjeros que vivan en tus ciudades. De ese modo podrán descansar tu esclavo y tu esclava, lo mismo que tú. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor tu Dios te sacó de allí con gran despliegue de fuerza y de poder. Por eso el Señor tu Dios te manda observar el día sábado" (Dt. 5,12-15).

Así pues, el libro del Deuteronomio no se refiere a la creación para explicar el significado del sábado, sino que alude al acontecimiento de salvación que Israel ha experimentado en su liberación. En Egipto, Israel tuvo que trabajar como un esclavo hasta el día en que Dios lo rescató. De este modo, el descanso es recuerdo de la libertad que Dios proporciona a su pueblo, no solo en Egipto, sino también frente a toda esclavitud que el hombre pueda sufrir, comenzando por una concepción, voluntaria o impuesta, del trabajo como sentido último de la vida que al final se convierte en verdadera explotación. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 257.-258)

domingo, 12 de agosto de 2012

El descanso del trabajo bien hecho

La llegada del verano suele coincidir con las vacaciones. Es por tanto un tiempo de descanso,para recuperarnos de esos cansancios que por exceso de trabajo y por rutina terminan por afectarnos.

Pero, ¿cual es el criterio del descanso desde la óptica religiosa?. Numerosas son las referencias bíblicas al descanso, que se presenta como un don de Dios, aquel que "no duerme ni reposa" por cuidar a su pueblo (Sal. 121,4)

Pero si partimos de la importancia del descanso sabático judio, habremos de reflexionar sobre las dos exposiciones del Decálogo: el Libro del Éxodo y el Deuteronomio. Trataremos hoy la versión del Libro del Éxodo.

El Libro del Éxodo alude al reposo sabático tomando como referencia la obra de la creación:"Acuérdate del sábado, para consagrarlo. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni tampoco los extranjeros que vivan en tus ciudades. Acuérdate de que en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y que descansó el séptimo día. Por eso el Señor bendijo y consagró el día de reposo" (Ex.20,8-11).

Por tanto el hombre debe descansar a imagen del Dios creador. Esto situa la actividad del hombre en relación con el obrar de Dios. De este modo también el trabajo, más allá de ser una necesidad para sobrevivir, más allá de su carácter en ocasiones duro y despersonalizador, es visto en el proyecto primero de Dios, no como un castigo sino como participación y continuación de su acción creadora en el mundo (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 255-256)

lunes, 28 de mayo de 2012

Orar en Pentecostés

Autor: Juan Jáuregui Castelo
Fuente: http://blogs.periodistadigital.com

Oración de un hombre mediocre

Señor, hoy celebramos ese gran regalo que Tú nos haces a todos y a cada uno de los seres humanos y que es tu Espíritu Santo. Hoy es Pentecostés.

¿Por qué siento esta mañana con fuerza tan especial mi vacío interior y la mediocridad de mi corazón? Mis horas, mis días, mi vida está llena de todo, menos de Ti. Cogido por las ocupaciones, trabajos e impresiones, vivo disperso y vacío, olvidado casi siempre de tu cercanía. Mi interior está habitado por el ruido y el trajín de cada día. Mi pobre alma es como «un inmenso almacén» donde se va metiendo de todo. Todo tiene cabida en mí, menos Tú.

Y luego, esa experiencia que se repite una y otra vez. Llega un momento en que ese ruido interior y ese trajín agitado me resultan más dulces y confortables que el silencio sosegado junto a Ti.

Dios de mi vida, ten misericordia de mí. Tú sabes que cuando huyo de la oración y el silencio, no quiero huir de Ti. Huyo de mí mismo, de mi vacío y superficialidad. ¿Dónde podría yo refugiarme con mi rutina, mis ambigüedades y mi pecado?

¿Quién podría entender, al mismo tiempo, mi mediocridad interior y mi deseo de Dios?

Dios de mi alegría, yo sé que Tú me entiendes. Siempre has sido y serás lo mejor que yo tengo. Tú eres el Dios de los pecadores. También de los pecadores corrientes, ordinarios y mediocres como yo. Señor, ¿no hay algún camino en medio de la rutina, que me pueda llevar hasta Ti? ¿No hay algún resquicio en medio del ruido y la agitación, donde yo me pueda encontrar contigo?

Tú eres «el eterno misterio de mi vida». Me atraes como nadie, desde el fondo de mi ser. Pero, una y otra vez, me alejo de Ti calladamente hacia cosas y personas que me parecen más acogedoras que tu silencio.

Penetra en mí con la fuerza consoladora de tu Espíritu. Tú tienes poder para actuar en esa profundidad mía donde a mí se me escapa casi todo. Renueva mi corazón cansado. Despierta en mí el deseo. Dame fuerza para comenzar siempre de nuevo; aliento para esperar contra toda esperanza; confianza en mis derrotas; consuelo en las tristezas.

Dios de mi salvación, sacude mi indiferencia. Límpiame de tanto egoísmo. Llena mi vacío. Enséñame tus caminos. Tú conoces mi debilidad e inconstancia. No te puedo prometer grandes cosas. Yo viviré de tu perdón y misericordia. Mi oración de Pentecostés es hoy humilde como la del salmista: «Tu Espíritu que es bueno, me guíe por tierra llana» (Sal 142, 10)

domingo, 6 de mayo de 2012

Dios como Madre

Se celebra hoy en España y Portugal el Día de la Madre. Y más allá de la dimensión comercial que pueda tener la celebración, bien está este día para rendir recuerdo y cariño hacia quienes nos dieron la vida.

Traspasando el tema al ámbito religioso, no hace mucho alguien me planteaba uno de los más conocido reproches feministas hacía el controvertido machismo de la religión: ¿Porqué hablamos de Dios Padre y no de Dios Madre?.

Y no parece una sinrazón la pregunta al punto que te hace reflexionar sobre el tema. Y es que siendo Dios espíritu, parece que referirnos a Él tanto en masculino como en femenino podría desvirtuar su propio concepto. En religiones primitivas como puedan ser las originarias americanas el concepto de Dios abarcaba ambos sexos. En religiones politeístas existían tanto dioses como diosas. Pero es cierto que las tres grandes religiones monoteístas hablan de Dios en términos fundamentalmente masculinos. Quizá porque los autores de la Biblia son todos masculinos, quizá por la cultura imperante en Europa y Asía durante milenios.

Posiblemente por ello el cristianismo ha querido poner un contrapunto en la figura de María. Pero hemos de comprender que las palabras de Cristo “ahí tienes a tu madre” (Jn 19,27), solo podríamos entenderlas como una prolongación del concepto maternal de Dios, autor de la vida. En este sentido son numerosas las referencias que hacen las Escrituras hacia Dios en su actividad femenina de “parir”, como puede ser Deuteronomio 32,18, Números 11,12-13, o Isaías 42,14.

Para terminar si nos fijamos en el origen de la creación descrita en el Génesis comprobamos que también la mujer es creada a imagen de Dios: “Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza; Hombre y mujer los creó” (Gén. 1,27). Por tanto si nos permitimos ver a Dios en masculino, necesariamente hemos de admitirlo también en femenino. Dios es Padre, pero también Dios es Madre.

domingo, 15 de abril de 2012

En un cuerpo glorioso


Se cierra hoy domingo la Octava de Pascua, un tiempo en que hemos celebrado la resurrección de Cristo, núcleo central de nuestra fe. Cristo Resucitado nos posibilita superar nuestras inseguridades, nuestras dudas, nuestras oscuridades para alcanzar la luminosidad de su gracia que transforma por completo nuestra vida.

Y en paralelo a las reflexiones propias de este tiempo, también lo he hecho acerca de lo que será nuestra propia y futura resurrección: la llamada resurrección de la carne, un artículo de fe que solemos tener un poco olvidado, quizá por resultarnos un tanto insondable y misterioso. Por eso hemos de partir del la Resurrección de Cristo para acercarnos, aunque sea mínimamente a su comprensión. Cristo resucitó con un cuerpo glorioso, pasando “del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio”, leemos en el Catecismo (nº 646). Cuando Cristo se aparece ante sus discípulos lo hace con un cuerpo físico, que camina, que habla, que come pan y pescado asado, ¡si!, pero un cuerpo glorioso que se hace presente en un cenáculo con puertas y ventanas cerradas, que resulta difícil reconocer sino es por la propia fe.

Esto nos da alguna pista acerca de nuestra resurrección al final de los tiempos, pues también el nuestro será un cuerpo glorioso. No resucitaremos para una mera prolongación de nuestra existencia terrena. No será nuestro cuerpo de los 20, los 40 o los 60 años, sino que será una transformación en un cuerpo, que más allá del espacio y el tiempo, supera las necesidades físicas, se torna incorruptible, no envejece ni enferma. Como nos dice San Pablo esta resurrección “transformará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Flp 3, 21).

Imagen: N.P. Jesús Resucitado. Procesión Domingo de Resurrección. Cartagena (España). De mi archivo

lunes, 19 de marzo de 2012

Anónimo San José

De la mayoría de los santos, podríamos escribir un libro de su vida, pero de San José, apenas conocemos nada, pues muy pocas veces se le menciona en los Evangelios. Es por ello que la iconografía de San José se ha nutrido históricamente de tradiciones y escrituras apócrifas que nos han hablado del esposo anciano custodio de María, del carpintero, del santo de la vara florida, etc.Sin embargo a través de esas escasas menciones evangélicas podemos obtener determinados rasgos inequívocos de San José.

Así vemos que era una persona cumplidora de sus obligaciones ciudadanas, que emprende un largo y penoso viaje con su esposa en avanzado estado de gestación, para cumplir con el decreto de Augusto.

Vemos que era un hombre preocupado por su familia, que no habiendo alojamiento en Belén, no ceja en buscar hasta conseguir un local techado al abrigo de la noche, que aunque no fuese un cinco estrellas sirviera para albergar el parto de María.

Asimismo, ante las condiciones y acontecimientos adversos no duda en emprender la emigración a Egipto, para la seguridad del niño, el mismo motivo que a su regreso le impulsa a instarse en Galilea.

Por otra parte podemos deducir su esfuerzo y esmero en la educación de Jesús, tanto en el orden humano como religioso pues, a pesar de su origen humilde, Jesús sorprendería a los escribas por su dominio de la Ley.

Y sobre todo hemos de reconocer en San José a un hombre de una profunda fe. Es la fe que le permite aceptar plenamente cuanto Dios le va comunicando a través de sueños, asumiendo los designios de Dios para sus funciones de esposo de María y padre de Jesús, el Hijo de Dios.

Cabe pues definir a José como un hombre que desde su humilde dignidad es RESPONSABLE, ABNEGADO, TRABAJADOR, SACRIFICADO, BUEN PADRE DE FAMILIA. Unos valores que nos lega a los hombres de todas las generaciones. Pero hay otras características de San José que quiero destacar.

De San José no nos ha llegado ni una sola palabra de su boca. Y no es que fuera mudo, sino que probablemente cumplió aquel viejo mandato: "Sean pocas tus palabras" (Eclesiastés, 5,1). En un mundo actual lleno de vocingleros y falsas promesas, José nos legó su trabajo honrado ausente de hueca palabrería.

Y ese silencio de José posee una especial elocuencia, pues merced a él entendemos plenamente la verdad contenida en el juicio que nos da el Evangelio: el de “hombre justo” (Mt 1, 19). Este es el mejor adjetivo que la Biblia puede aplicar a un hombre.

En resumen, cuando el mundo de hoy, ensalza la propaganda como moneda de éxito, el culto a la imagen, el buen perfil contenido en las redes de internet, cuando tantos compiten por aparecer en “Gran Hermano” o en los programas de tele-basura, José nos indica un camino totalmente distinto: el de la responsabilidad y el trabajo desde la invisibilidad, desde el anonimato.

Muchos son los documentos eclesiales que a lo largo de los siglos han hecho memoria de San José, pero entre ellos cabría destacar la encíclica “Quamquam Pluries” de León XIII: “Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria”