Texto cedido por Laura (Sh0nty), http://fotolog.miarroba.es/sh0nty/ quien lo recibió por correo electrónico.
HAY un pecado del cual casi nadie se confiesa nunca. Y es la tristeza, el pesimismo sistemático de quien nunca está contento, de la dejadez y falta de entusiasmo, de aquéllos que tienen por insignia: «Esto no es para mí».
Quien nunca está contento no es buen cristiano. Porque la alegría parte de la fe, nace de esperanza y constituye una exquisita forma de caridad.
Ciertamente, la vida no es siempre alegre, lo sabemos por experiencia; por desgracia siempre hay cosas que no van bien, pequeñas y grandes.
La alegría más grande y más profunda nace de saber y creer que Dios nos ama y que está a nuestro lado. El Señor se hace cercano para sostener nuestra esperanza. Y es de esa raíz, de la esperanza, de la que brota la fuerza de ánimo, la serenidad, la paz interior también en los momentos dolorosos y difíciles.
Una especie de receta de la alegría
RECETA DE LA ALEGRIA:
Para estar alegres hacen falta tres cosas:
* Alguien a quien querer
* Algo que hacer
* Y algo en que esperar
Sin amor no hay alegría.
Un corazón árido y cerrado en el odio, la envidia, el egoísmo, no puede ser alegre.
Rencor y alegría son incompatibles.
Mientras no sepamos perdonar y olvidar, no podremos estar alegres.
Tampoco habrá alegría sin querer hacer algo, con entrega y con amor.
Del no hacer nada y no ser útil a nadie, no nace alegría sino aburrimiento.
Trabajar, con amor, por llevar un poco de alegría a nuestro alrededor, mientras esperamos al Señor de la alegría.
viernes, 4 de marzo de 2011
domingo, 13 de febrero de 2011
Ante la Ley
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:"No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley" (Mateo, 5,17)
Del comentario de José Antonio Pagola:
Jesús, sin embargo, no vive centrado en la Ley. No se dedica a estudiarla ni a explicarla a sus discípulos. No se le ve nunca preocupado por observarla de manera escrupulosa. Ciertamente, no pone en marcha una campaña contra la Ley, pero ésta no ocupa ya un lugar central en su corazón.
Jesús busca la voluntad del Dios desde otra experiencia diferente. Le siente a Dios tratando de abrirse camino entre los hombres para construir con ellos un mundo más justo y fraterno. Esto lo cambia todo. La ley no es ya lo decisivo para saber qué espera Dios de nosotros. Lo primero es "buscar el reino de Dios y su justicia".
Los fariseos y letrados se preocupan de observar rigurosamente las leyes, pero descuidan el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Hay que superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas.
(....)
Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo.
Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando aprendamos a vivir las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre.
Del comentario de José Antonio Pagola:
Jesús, sin embargo, no vive centrado en la Ley. No se dedica a estudiarla ni a explicarla a sus discípulos. No se le ve nunca preocupado por observarla de manera escrupulosa. Ciertamente, no pone en marcha una campaña contra la Ley, pero ésta no ocupa ya un lugar central en su corazón.
Jesús busca la voluntad del Dios desde otra experiencia diferente. Le siente a Dios tratando de abrirse camino entre los hombres para construir con ellos un mundo más justo y fraterno. Esto lo cambia todo. La ley no es ya lo decisivo para saber qué espera Dios de nosotros. Lo primero es "buscar el reino de Dios y su justicia".
Los fariseos y letrados se preocupan de observar rigurosamente las leyes, pero descuidan el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Hay que superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas.
(....)
Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo.
Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando aprendamos a vivir las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre.
domingo, 9 de enero de 2011
Dios se manifiesta

Imagen: Nacimiento de mi pequeño belén.
Desde Nochebuena hasta la fecha de Reyes Magos hemos vivido una Navidad siempre infectada de consumismo (posible herencia de aquellas fiestas saturnales, que fueron su precedente laico), pero siempre ofreciendo una oportunidad al espíritu para renovarse ante la visión del Niño, el Hijo de Dios encarnado, expresión suprema del Amor de Dios.
Y es que toda la festividad de Navidad es si misma una Epifanía. Una manifestación de Dios, una luz que se enciende para orientar nuestros pasos y conducirnos más allá de las tinieblas humanas, tal como la describiera el profeta Isaías: “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora” (Is, 60, 1-3).
Pero si esto ocurrió hace más de 2000 años, ¿qué luz le llega al hombre del siglo XXI?. Esta ha sido mi reflexión en estas fechas.
¿Conclusión? .........Estoy convencido que Dios no cesa en su manifestación. Bastaría con superar nuestra sordera y nuestra ceguera. Silenciemos el ruido que nos rodea, abramos la ventana a la luz. Porque Dios se manifiesta cada día para quien haga por escucharle. Y lo hace en el silencio, en la aurora, en el viento, en los rompientes de la mar. Se nos presenta bajo el rostro del necesitado, del parado, del enfermo, del emigrante, del niño prostituido, de la mujer agredida, del drogadicto, de todos los olvidados de nuestro mundo.
Pero esto es demasiado fuerte. Semejante pensamiento podría estropear nuestra comida de Navidad.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Tiempo de Adviento
Se escucha una voz clara y potente proveniente del desierto: “¡Convertíos...!”. Es la voz de Juan, el eremita, el bautista, el hombre que su búsqueda de la esencia de Dios recurre al desierto tratando de escuchar su voz. Convertirse significa transformarse, de manera que la voz de Juan demanda un cambio en nuestra vida, para que abandonemos la banalidad y nos acerquemos a lo fundamental: la verdad.
Por eso a lo largo de los siglos tantos hombres han tratado de escapar al ruido mundano y ubicarse en la montaña o en desierto en búsqueda de la verdad, en búsqueda de la voz de Dios. Esta es la cuestión, la búsqueda de la verdad. Porque en definitiva la fe es inquietud y búsqueda. Si alguno de nosotros cree estar en posesión de la verdad, no será sino un pobre ignorante, alguien que será presa de los fanatismos, que históricamente tanto daño causan. Es desde la humildad, desde la conciencia de nuestra propia ignorancia desde donde hemos de buscar a Dios. Y como el profeta Samuel abrir nuestros oídos a su voz: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (I Samuel 3, 9)
Alejémonos de los pequeños ídolos que nos acechan cada día, en forma de intereses, vanaglorias y servidumbres humanas y dispongámonos a nuestra propia conversión. Y en su búsqueda, el cristiano no puede olvidar las palabras de Cristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Esforcémonos, pues, en descubrir la esencia de Cristo y será entonces cuando estemos en el camino correcto.
Sabemos, empero, que la esencia de Cristo se nos revelará con la parusía. Por eso en tiempo de Adviento nos sumamos al grito desgarrado con el que el evangelista Juan cierra su “Apocalipsis” y que, por tanto, cierra el último libro canónico del Nuevo Testamento:
¡¡Ven Señor Jesús!!
Por eso a lo largo de los siglos tantos hombres han tratado de escapar al ruido mundano y ubicarse en la montaña o en desierto en búsqueda de la verdad, en búsqueda de la voz de Dios. Esta es la cuestión, la búsqueda de la verdad. Porque en definitiva la fe es inquietud y búsqueda. Si alguno de nosotros cree estar en posesión de la verdad, no será sino un pobre ignorante, alguien que será presa de los fanatismos, que históricamente tanto daño causan. Es desde la humildad, desde la conciencia de nuestra propia ignorancia desde donde hemos de buscar a Dios. Y como el profeta Samuel abrir nuestros oídos a su voz: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (I Samuel 3, 9)
Alejémonos de los pequeños ídolos que nos acechan cada día, en forma de intereses, vanaglorias y servidumbres humanas y dispongámonos a nuestra propia conversión. Y en su búsqueda, el cristiano no puede olvidar las palabras de Cristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Esforcémonos, pues, en descubrir la esencia de Cristo y será entonces cuando estemos en el camino correcto.
Sabemos, empero, que la esencia de Cristo se nos revelará con la parusía. Por eso en tiempo de Adviento nos sumamos al grito desgarrado con el que el evangelista Juan cierra su “Apocalipsis” y que, por tanto, cierra el último libro canónico del Nuevo Testamento:
¡¡Ven Señor Jesús!!
domingo, 14 de noviembre de 2010
Iglesia Diocesana de Cartagena

Imagen: José Manuel Lorca Planes, Obispo de Cartagena.
Este domingo 14 de noviembre se celebra el Día de la Iglesia Diocesana de Cartagena.
Es tradición que el apóstol Santiago puso pie en España por el puerto de Cartagena. Aquí comenzó su predicación y aquí fundó la primera comunidad cristiana. Cuando parte hacia Guadix, deja al frente a su discípulo San Basilio, por tradición, y según afirma el Reverendo Pablo de San Nicolás en su obra “Antigüedades de España”, segundo obispo de Cartagena, quien en al año 57 alcanzará el martirio en Peñíscola . A San Basilio sucedió San Epeneto, discípulo de San Pedro, cuyo martirio en el año 64 sería relatado en los cronicones de Flavio Dextro (siglo IV-V).
La Iglesia diocesana, cuya demarcación territorial corresponde a la Región de Murcia, donde existen 292 parroquias, hace en este día memoria de sus actividades durante el año 2009 y rinde balance económico a la comunidad.
Así en el orden social a través de Cáritas se ha prestado asistencia a cerca de 100.000 personas en toda la región. Igualmente 45.000 personas has sido atendidas en los programas de asistencia a inmigrantes y refugiados, familias y jóvenes embarazadas, drogodependientes, o personas sin techo. Sólo en el comedor de Jesús Abandonado de Murcia, se sirven 900 comidas diarias. Igualmente se ha asistido a 3.650 personas en hospitales, ambulatorios, casas de ancianos, inválidos, minusválidos, orfanatos y guarderías.
Pero no todo queda en nuestras fronteras. Tenemos 116 misioneros, hombres y mujeres, por todo el mundo tratando de ayudar y llevar esperanza a los más pobres y necesitados del planeta.
En resumen una inmensa labor social, muchas veces ignorada, para dar cumplimento al mandato de Cristo: “Mandatum novum do vobis, ut diligatis invicem; sicut dilexi vos, ut et vos diligatis invicem” (Jn. 13,34)
domingo, 3 de octubre de 2010
Auméntanos la fe
En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: "Auméntanos la fe".(Lc. 17,5)
Texto: José Antonio Pagola
Señor, auméntanos la fe. Enséñanos que la fe no consiste en creer algo sino en creer en ti, Hijo encarnado de Dios, para abrirnos a tu Espíritu, dejarnos alcanzar por tu Palabra, aprender a vivir con tu estilo de vida y seguir de cerca tus pasos. Sólo tú eres quien "inicia y consuma nuestra fe".
Auméntanos la fe. Danos una fe centrada en lo esencial, purificada de adherencias y añadidos postizos, que nos alejan del núcleo de tu Evangelio. Enséñanos a vivir en estos tiempos una fe, no fundada en apoyos externos, sino en tu presencia viva en nuestros corazones y en nuestras comunidades creyentes.
Auméntanos la fe. Haznos vivir una relación más vital contigo, sabiendo que tú, nuestro Maestro y Señor, eres lo primero, lo mejor, lo más valioso y atractivo que tenemos en la Iglesia. Danos una fe contagiosa que nos oriente hacia una fase nueva de cristianismo, más fiel a tu Espíritu y tu trayectoria.
Auméntanos la fe. Haznos vivir identificados con tu proyecto del reino de Dios, colaborando con realismo y convicción en hacer la vida más humana, como quiere el Padre. Ayúdanos a vivir humildemente nuestra fe con pasión por Dios y compasión por el ser humano.
Auméntanos la fe. Enséñanos a vivir convirtiéndonos a una vida más evangélica, sin resignarnos a un cristianismo rebajado donde la sal se va volviendo sosa y donde la Iglesia va perdiendo extrañamente su cualidad de fermento. Despierta entre nosotros la fe de los testigos y los profetas.
Auméntanos la fe. No nos dejes caer en un cristianismo sin cruz. Enséñanos a descubrir que la fe no consiste en creer en el Dios que nos conviene sino en aquel que fortalece nuestra responsabilidad y desarrolla nuestra capacidad de amar. Enséñanos a seguirte tomando nuestra cruz cada día.
Auméntanos la fe. Que te experimentemos resucitado en medio de nosotros renovando nuestras vidas y alentando nuestras comunidades.
Texto: José Antonio Pagola
Señor, auméntanos la fe. Enséñanos que la fe no consiste en creer algo sino en creer en ti, Hijo encarnado de Dios, para abrirnos a tu Espíritu, dejarnos alcanzar por tu Palabra, aprender a vivir con tu estilo de vida y seguir de cerca tus pasos. Sólo tú eres quien "inicia y consuma nuestra fe".
Auméntanos la fe. Danos una fe centrada en lo esencial, purificada de adherencias y añadidos postizos, que nos alejan del núcleo de tu Evangelio. Enséñanos a vivir en estos tiempos una fe, no fundada en apoyos externos, sino en tu presencia viva en nuestros corazones y en nuestras comunidades creyentes.
Auméntanos la fe. Haznos vivir una relación más vital contigo, sabiendo que tú, nuestro Maestro y Señor, eres lo primero, lo mejor, lo más valioso y atractivo que tenemos en la Iglesia. Danos una fe contagiosa que nos oriente hacia una fase nueva de cristianismo, más fiel a tu Espíritu y tu trayectoria.
Auméntanos la fe. Haznos vivir identificados con tu proyecto del reino de Dios, colaborando con realismo y convicción en hacer la vida más humana, como quiere el Padre. Ayúdanos a vivir humildemente nuestra fe con pasión por Dios y compasión por el ser humano.
Auméntanos la fe. Enséñanos a vivir convirtiéndonos a una vida más evangélica, sin resignarnos a un cristianismo rebajado donde la sal se va volviendo sosa y donde la Iglesia va perdiendo extrañamente su cualidad de fermento. Despierta entre nosotros la fe de los testigos y los profetas.
Auméntanos la fe. No nos dejes caer en un cristianismo sin cruz. Enséñanos a descubrir que la fe no consiste en creer en el Dios que nos conviene sino en aquel que fortalece nuestra responsabilidad y desarrolla nuestra capacidad de amar. Enséñanos a seguirte tomando nuestra cruz cada día.
Auméntanos la fe. Que te experimentemos resucitado en medio de nosotros renovando nuestras vidas y alentando nuestras comunidades.
domingo, 5 de septiembre de 2010
En torno a las vacaciones
El concepto de vacaciones, es ajeno a la inmensa mayoría de habitantes del planeta, acuciados por necesidades de primer orden. Pero en el mundo desarrollado, hemos hecho de las vacaciones algo absolutamente necesario e irrenunciable. Nuestras vacaciones nos permiten “desconectar”, de un tipo de vida y de trabajo que termina por resultarnos agobiante, al punto de que no son pocos los que sufren posteriormente de “síndrome post-vacacional”, al tener que reintegrarse a las tareas ordinarias.
Estamos terminando el verano, que es una estación clásica de vacaciones. Lo mejor de ellas es que nos ofrece la ocasión para romper con la rutina, para refugiarnos en un mundo más natural, más humano, más cercano, donde es posible charlar con los vecinos, practicar deportes al aire libre, viajar, disfrutar de una lectura sosegada, o de la simple observación del cielo estrellado. Es decir entramos en contacto con gentes y realidades distintas a las del resto de año, lo cual constituye, sin duda un enriquecimiento personal y espiritual.
Esto es así porque nos acercamos más a la realidad del hombre de hoy, del mundo de hoy que se encuentra inmerso en un cambio socio cultural sin precedentes. Y es precisamente en la medida en nos acercamos al hombre, que también nos acercamos a la auténtica realidad de Dios, descubriendo las falacias que puedan existir en nuestras propias formulaciones sociales y religiosas, al tiempo de descubrir, igualmente las falacias que las propuestas del mundo de hoy pueden encerrar.
Creo que fue León Tolstoi, quien dijo algo así : “Si dejas de creer en el dios de madera, no es porque no haya dios, sino porque el verdadero Dios, no es de madera”. Se trata por tanto de que nos olvidemos de nuestros dioses de madera y nos encontremos con el verdadero Dios. Un Dios, que mucho más allá de liturgias o de cánones doctrinales, encontraremos entre los pensamientos y sentimientos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Solo entonces podremos ser testigos de un Dios absolutamente válido para el hombre del siglo XXI.
Pero para ello hemos de revestirnos del traje de la humildad, pues no nos viene mal recordar las palabras del Libro de la Sabiduría: “¿Qué hombre podrá conocer la voluntad de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? (....) Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu santo espíritu?. Sólo así se enderezaron los caminos de los moradores de la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y gracias a la Sabiduría se salvaron.” (Sab. 9, 13-18)
Estamos terminando el verano, que es una estación clásica de vacaciones. Lo mejor de ellas es que nos ofrece la ocasión para romper con la rutina, para refugiarnos en un mundo más natural, más humano, más cercano, donde es posible charlar con los vecinos, practicar deportes al aire libre, viajar, disfrutar de una lectura sosegada, o de la simple observación del cielo estrellado. Es decir entramos en contacto con gentes y realidades distintas a las del resto de año, lo cual constituye, sin duda un enriquecimiento personal y espiritual.
Esto es así porque nos acercamos más a la realidad del hombre de hoy, del mundo de hoy que se encuentra inmerso en un cambio socio cultural sin precedentes. Y es precisamente en la medida en nos acercamos al hombre, que también nos acercamos a la auténtica realidad de Dios, descubriendo las falacias que puedan existir en nuestras propias formulaciones sociales y religiosas, al tiempo de descubrir, igualmente las falacias que las propuestas del mundo de hoy pueden encerrar.
Creo que fue León Tolstoi, quien dijo algo así : “Si dejas de creer en el dios de madera, no es porque no haya dios, sino porque el verdadero Dios, no es de madera”. Se trata por tanto de que nos olvidemos de nuestros dioses de madera y nos encontremos con el verdadero Dios. Un Dios, que mucho más allá de liturgias o de cánones doctrinales, encontraremos entre los pensamientos y sentimientos de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Solo entonces podremos ser testigos de un Dios absolutamente válido para el hombre del siglo XXI.
Pero para ello hemos de revestirnos del traje de la humildad, pues no nos viene mal recordar las palabras del Libro de la Sabiduría: “¿Qué hombre podrá conocer la voluntad de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? (....) Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses enviado de lo alto tu santo espíritu?. Sólo así se enderezaron los caminos de los moradores de la tierra, así aprendieron los hombres lo que te agrada y gracias a la Sabiduría se salvaron.” (Sab. 9, 13-18)
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