Celebrábamos el pasado domingo la liturgia de la Ascensión de Jesús a los cielos, y el relato del libro de Los Hechos de los Apóstoles, nos dejaba una curiosa frase: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” (Hch 1,11)
¡Con la de tareas que tenemos pendientes! Y nos quedamos mirando al cielo como si quisiéramos que éste nos resolviera todas nuestras cuestiones.
Hemos de ponernos manos a la obra. El Amor de Dios ha de impulsarnos a buscar algún tipo de solución a cuantos problemas aquejan al prójimo y a nosotros mismos. La pereza, calificada como uno de los pecados capitales, siempre fue mala consejera. Recuerdo que de niño, mi padre nos despertaba temprano, sentenciando que la pereza “desgasta más que la herrumbre”
El Génesis nos indica que Dios creó al hombre y “le dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase” (Gn. 2,15). Hay un libro en el Antiguo Testamento que habla mucho sobre la pereza; es el Libro de los Proverbios: “Vete donde la hormiga, perezoso, mira sus andanzas y te harás sabio” (Pr. 6,6) y advierte de sus consecuencias: “El perezoso no ara a causa del invierno; pedirá, pues, en la siega, y no hallará.” (20:4).
El propio Cristo es categórico, en su parábola de los talentos: “a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas” (Mt. 25,30), y San Pablo es claro como el agua: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (II Tes. 3,10).
Pero no hemos de confundir pereza con ocio. El ocio es simplemente un tiempo no dedicado a tareas laborales. El propio Virgilio en sus “Bucólicas” escribía: “O Melibae, Deus nobis haec otia fecit”....(Oh Melibea, Dios nos da esta ociosidad)
jueves, 9 de junio de 2011
jueves, 21 de abril de 2011
Una muerte de cruz

“Es maldito por Dios, el que cuelga de un madero” ( Dt 21,23)
Esta sentencia del Deuteronomio indica el concepto que para los judíos tenía colgar un cuerpo en un leño. En realidad era un castigo suplementario que se aplicaba al cadáver de un ajusticiado por idólatra o blasfemo que había sido lapidado.
Y para los romanos la cruz era la pena capital reservada a los esclavos, de hecho era la última, la peor condena que se podía imponer a alguien. Algo especialmente cruel y abominable.
Siendo esto así, ¿Cómo es posible reconocer en Jesús crucificado a un Profeta, a un Mesías, al Hijo de Dios?
Pero Jesús invierte la escala de valores. Convierte la cruz en el trono de su Reino. Fuera de la influencia de ricos y poderosos, anuncia el Reino para los pobres y los excluidos. Un reino de Verdad y Justicia, de Amor y de Paz.
Ahora los cristianos venimos obligados a subir a la cruz, para aliviar a tanto crucificado de nuestro mundo de hoy: víctimas de las guerras, hambrientos, parados, emigrantes, enfermos, refugiados, marginados....
Solo así, podremos empezar a hacer realidad en la Tierra, la plegaria que el mismo Jesús nos enseñó:
“¡Venga a nosotros tu Reino!”
Imagen: JAR (e.cartagena.es). Procesión del Santísimo y Real Cristo del Socorro, desfilando por el centro histórico de Cartagena, en la madrugada del Viernes de Dolores.
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Cartagena,
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Semana Santa
domingo, 10 de abril de 2011
La luz
Hablábamos en nuestro comentario anterior del agua, como manifestación de vida y por tanto como manifestación de Dios. Lo mismo ocurre con la luz.
Desde siempre el hombre veneró la luz. Así los egipcios la adoraban bajo la forma del dios Ra, los griegos al dios Helios, los incas al dios Inti, los romanos al dios Apolo, los nórdicos al dios Heimdall, etc... todos ellos identificados con la luz, con el sol.
El relato de la creación del Génesis, nos muestra a la luz, como el primer acto creativo de Dios (Gn. 1,3). Siendo Dios infinito en un mundo finito, la luz es su primera manifestación, presente desde el mismo momento del “Bing-Bang” hace 15.000 millones de años, según las teorías dominantes. La luz no forma parte de la esencia, sino que es manifestación de Dios.
Aunque el concepto de luz es abstracto, generalmente los diccionarios recurren a identificarlo como una radiación que hace visible las cosas. Así pues, es a través de la luz como Dios, nos permite ver y acercarnos a la verdad.
Pero los cristianos contamos con las propias palabras de Jesús: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8:12), que nos ratifica la carta del apóstol San Juan cuando afirma: “Dios es luz, y en él no hay tinieblas” (1 Jn. 1,5). Por eso en estos tiempos en que la sociedad se encuentra frecuentemente en la penumbra, cuando no a oscuras, bueno sería convertirnos a Cristo, a su doctrina de amor, para poder decir con el salmo 27: “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?” (Sl 27,1)
Desde siempre el hombre veneró la luz. Así los egipcios la adoraban bajo la forma del dios Ra, los griegos al dios Helios, los incas al dios Inti, los romanos al dios Apolo, los nórdicos al dios Heimdall, etc... todos ellos identificados con la luz, con el sol.
El relato de la creación del Génesis, nos muestra a la luz, como el primer acto creativo de Dios (Gn. 1,3). Siendo Dios infinito en un mundo finito, la luz es su primera manifestación, presente desde el mismo momento del “Bing-Bang” hace 15.000 millones de años, según las teorías dominantes. La luz no forma parte de la esencia, sino que es manifestación de Dios.
Aunque el concepto de luz es abstracto, generalmente los diccionarios recurren a identificarlo como una radiación que hace visible las cosas. Así pues, es a través de la luz como Dios, nos permite ver y acercarnos a la verdad.
Pero los cristianos contamos con las propias palabras de Jesús: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8:12), que nos ratifica la carta del apóstol San Juan cuando afirma: “Dios es luz, y en él no hay tinieblas” (1 Jn. 1,5). Por eso en estos tiempos en que la sociedad se encuentra frecuentemente en la penumbra, cuando no a oscuras, bueno sería convertirnos a Cristo, a su doctrina de amor, para poder decir con el salmo 27: “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?” (Sl 27,1)
domingo, 27 de marzo de 2011
El agua
El agua es fuente de vida. Así lo reconoce la ciencia universal. Ya Aristóteles la definía como uno de los cuatro elementos básicos de la creación, y los babilonios creían que el mundo estaba hecho de una mezcla de agua dulce y salada. No es de extrañar por tanto que toda religión la considere como un elemento de carácter sagrado. Desde los indios Pima, que habitan el norte de México, cuando consideraban que la Madre Tierra había sido fecundada por una gota de agua, hasta las abluciones del Islam.
También la Biblia nos acerca al carácter sagrado de este elemento. Dios hizo surgir un «firmamento en medio de las aguas» (Gn. 1,6). Moisés, golpeando su cayado hace brotar agua de una roca del Sinaí (Ex. 17,6). Llegado del desierto, Juan bautiza a sus seguidores en las aguas del río Jordán. (Mt, 3-6).
Pero la liturgia cuaresmal nos acerca el significativo pasaje evangélico de la Samaritana, con la lectura del texto de San Juan (Jn, 4, 5-42), donde Cristo le pide a la mujer «Dame de beber», pero le advierte: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”.
Posteriormente, en el monte Calvario, una de sus últimas palabras fue: “Tengo sed” (Jn. 19,28). Porque Cristo tiene sed de esa agua viva. Un agua que nos conduce por los caminos de la justicia, de la paz, de la misericordia y del amor hacia la vida eterna. Este y no otro es el carácter sagrado del agua, y esta y no otras son sus fuentes.
Aunque los hombres continuemos buscando ese carácter sagrado entre las aguas del río Jordán, del Ganges, del Mekong, de los geiser de Tirta Empul, o de la cascada del Tsubaki, que son simplemente un símbolo, una manifestación física del agua viva de Dios.
También la Biblia nos acerca al carácter sagrado de este elemento. Dios hizo surgir un «firmamento en medio de las aguas» (Gn. 1,6). Moisés, golpeando su cayado hace brotar agua de una roca del Sinaí (Ex. 17,6). Llegado del desierto, Juan bautiza a sus seguidores en las aguas del río Jordán. (Mt, 3-6).
Pero la liturgia cuaresmal nos acerca el significativo pasaje evangélico de la Samaritana, con la lectura del texto de San Juan (Jn, 4, 5-42), donde Cristo le pide a la mujer «Dame de beber», pero le advierte: “El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”.
Posteriormente, en el monte Calvario, una de sus últimas palabras fue: “Tengo sed” (Jn. 19,28). Porque Cristo tiene sed de esa agua viva. Un agua que nos conduce por los caminos de la justicia, de la paz, de la misericordia y del amor hacia la vida eterna. Este y no otro es el carácter sagrado del agua, y esta y no otras son sus fuentes.
Aunque los hombres continuemos buscando ese carácter sagrado entre las aguas del río Jordán, del Ganges, del Mekong, de los geiser de Tirta Empul, o de la cascada del Tsubaki, que son simplemente un símbolo, una manifestación física del agua viva de Dios.
viernes, 4 de marzo de 2011
Tu decides...Alegria....ó .....Tristeza
Texto cedido por Laura (Sh0nty), http://fotolog.miarroba.es/sh0nty/ quien lo recibió por correo electrónico.
HAY un pecado del cual casi nadie se confiesa nunca. Y es la tristeza, el pesimismo sistemático de quien nunca está contento, de la dejadez y falta de entusiasmo, de aquéllos que tienen por insignia: «Esto no es para mí».
Quien nunca está contento no es buen cristiano. Porque la alegría parte de la fe, nace de esperanza y constituye una exquisita forma de caridad.
Ciertamente, la vida no es siempre alegre, lo sabemos por experiencia; por desgracia siempre hay cosas que no van bien, pequeñas y grandes.
La alegría más grande y más profunda nace de saber y creer que Dios nos ama y que está a nuestro lado. El Señor se hace cercano para sostener nuestra esperanza. Y es de esa raíz, de la esperanza, de la que brota la fuerza de ánimo, la serenidad, la paz interior también en los momentos dolorosos y difíciles.
Una especie de receta de la alegría
RECETA DE LA ALEGRIA:
Para estar alegres hacen falta tres cosas:
* Alguien a quien querer
* Algo que hacer
* Y algo en que esperar
Sin amor no hay alegría.
Un corazón árido y cerrado en el odio, la envidia, el egoísmo, no puede ser alegre.
Rencor y alegría son incompatibles.
Mientras no sepamos perdonar y olvidar, no podremos estar alegres.
Tampoco habrá alegría sin querer hacer algo, con entrega y con amor.
Del no hacer nada y no ser útil a nadie, no nace alegría sino aburrimiento.
Trabajar, con amor, por llevar un poco de alegría a nuestro alrededor, mientras esperamos al Señor de la alegría.
HAY un pecado del cual casi nadie se confiesa nunca. Y es la tristeza, el pesimismo sistemático de quien nunca está contento, de la dejadez y falta de entusiasmo, de aquéllos que tienen por insignia: «Esto no es para mí».
Quien nunca está contento no es buen cristiano. Porque la alegría parte de la fe, nace de esperanza y constituye una exquisita forma de caridad.
Ciertamente, la vida no es siempre alegre, lo sabemos por experiencia; por desgracia siempre hay cosas que no van bien, pequeñas y grandes.
La alegría más grande y más profunda nace de saber y creer que Dios nos ama y que está a nuestro lado. El Señor se hace cercano para sostener nuestra esperanza. Y es de esa raíz, de la esperanza, de la que brota la fuerza de ánimo, la serenidad, la paz interior también en los momentos dolorosos y difíciles.
Una especie de receta de la alegría
RECETA DE LA ALEGRIA:
Para estar alegres hacen falta tres cosas:
* Alguien a quien querer
* Algo que hacer
* Y algo en que esperar
Sin amor no hay alegría.
Un corazón árido y cerrado en el odio, la envidia, el egoísmo, no puede ser alegre.
Rencor y alegría son incompatibles.
Mientras no sepamos perdonar y olvidar, no podremos estar alegres.
Tampoco habrá alegría sin querer hacer algo, con entrega y con amor.
Del no hacer nada y no ser útil a nadie, no nace alegría sino aburrimiento.
Trabajar, con amor, por llevar un poco de alegría a nuestro alrededor, mientras esperamos al Señor de la alegría.
domingo, 13 de febrero de 2011
Ante la Ley
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:"No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley" (Mateo, 5,17)
Del comentario de José Antonio Pagola:
Jesús, sin embargo, no vive centrado en la Ley. No se dedica a estudiarla ni a explicarla a sus discípulos. No se le ve nunca preocupado por observarla de manera escrupulosa. Ciertamente, no pone en marcha una campaña contra la Ley, pero ésta no ocupa ya un lugar central en su corazón.
Jesús busca la voluntad del Dios desde otra experiencia diferente. Le siente a Dios tratando de abrirse camino entre los hombres para construir con ellos un mundo más justo y fraterno. Esto lo cambia todo. La ley no es ya lo decisivo para saber qué espera Dios de nosotros. Lo primero es "buscar el reino de Dios y su justicia".
Los fariseos y letrados se preocupan de observar rigurosamente las leyes, pero descuidan el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Hay que superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas.
(....)
Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo.
Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando aprendamos a vivir las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre.
Del comentario de José Antonio Pagola:
Jesús, sin embargo, no vive centrado en la Ley. No se dedica a estudiarla ni a explicarla a sus discípulos. No se le ve nunca preocupado por observarla de manera escrupulosa. Ciertamente, no pone en marcha una campaña contra la Ley, pero ésta no ocupa ya un lugar central en su corazón.
Jesús busca la voluntad del Dios desde otra experiencia diferente. Le siente a Dios tratando de abrirse camino entre los hombres para construir con ellos un mundo más justo y fraterno. Esto lo cambia todo. La ley no es ya lo decisivo para saber qué espera Dios de nosotros. Lo primero es "buscar el reino de Dios y su justicia".
Los fariseos y letrados se preocupan de observar rigurosamente las leyes, pero descuidan el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Hay que superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas.
(....)
Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo.
Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando aprendamos a vivir las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre.
domingo, 9 de enero de 2011
Dios se manifiesta

Imagen: Nacimiento de mi pequeño belén.
Desde Nochebuena hasta la fecha de Reyes Magos hemos vivido una Navidad siempre infectada de consumismo (posible herencia de aquellas fiestas saturnales, que fueron su precedente laico), pero siempre ofreciendo una oportunidad al espíritu para renovarse ante la visión del Niño, el Hijo de Dios encarnado, expresión suprema del Amor de Dios.
Y es que toda la festividad de Navidad es si misma una Epifanía. Una manifestación de Dios, una luz que se enciende para orientar nuestros pasos y conducirnos más allá de las tinieblas humanas, tal como la describiera el profeta Isaías: “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora” (Is, 60, 1-3).
Pero si esto ocurrió hace más de 2000 años, ¿qué luz le llega al hombre del siglo XXI?. Esta ha sido mi reflexión en estas fechas.
¿Conclusión? .........Estoy convencido que Dios no cesa en su manifestación. Bastaría con superar nuestra sordera y nuestra ceguera. Silenciemos el ruido que nos rodea, abramos la ventana a la luz. Porque Dios se manifiesta cada día para quien haga por escucharle. Y lo hace en el silencio, en la aurora, en el viento, en los rompientes de la mar. Se nos presenta bajo el rostro del necesitado, del parado, del enfermo, del emigrante, del niño prostituido, de la mujer agredida, del drogadicto, de todos los olvidados de nuestro mundo.
Pero esto es demasiado fuerte. Semejante pensamiento podría estropear nuestra comida de Navidad.
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